Domingos de agosto

Al despegar la cómoda de la pared del dormitorio encuentra algunas monedas y un libro carcomido por el aire cargado de salitre. Lo recoge del suelo y sopla con suavidad, como cuando se te mete una pelusilla en el ojo. Es una primera edición, de 1989; la había adquirido el segundo día de su estancia en París precisamente por haberse publicado el año de su nacimiento. La cubierta reza Domingos de agosto, de Patrick Modiano. Una nota indescifrable en la primera página; quizás un poema. Las dedicatorias le recuerdan a su padre; siempre le regalaba libros con dedicatoria en los momentos importantes de la vida (tradición que perpetuará si alguna vez tiene hijos). Abre el ya menos polvoriento libro y respira ese aroma a tinta y a historia y sonríe, dejándose embriagar por los recuerdos y pensando en sus vástagos imaginarios y en una vida futura no tan lejana. Guarda el libro en la caja más próxima y suspira. Toda la casa está repleta de cajas: vajilla, discos, zapatos… cada cual tiene su función y una vez llenas, se apilan en grandes montones, formando extrañas estructuras inestables como castillos de arena. Pelusas del tamaño de plantas rodadoras emergen de las esquinas y de debajo de los muebles. Cierra la última caja y la arrastra hasta el salón. Ya no queda nada por guardar. Se sienta en su sofá de alquiler, descorcha una botella de Albariño y mira al mar mientras apura la copa. Llueve un poco. La lluvia la traslada años atrás, a sus paseos por Le Marais empapados de ese calabobos que los franceses llaman bruine. Cómo le gustaba cobijarse en los cafés y perderse entre la gente y el sonido que hacía su bolso Le Pliage de Longchamp cuando corría bajo la lluvia. “El bolso de los días grises”, resistente al agua y a las marcas de pintalabios que silbaba al rozarse el nailon con su parka marrón. Anocheceres en terrazas a orillas del Sena y copas de vino entre risas que no dejaban nunca de rellenarse. Momentos felices grabados a fuego en la memoria. Es curioso cómo las mudanzas nos arrastran al pasado en lugar de empujarnos hacia el futuro.

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Con la copa siempre en la mano recoge sus maletas, que yacen amontonadas en el baño sobre el suelo de damero; su vida contenida en tres metros cuadrados de baldosa de gres. Suena el timbre. Su hermano llega con la furgoneta y dos amigos corpulentos para cargar cajas. Una fina capa de polvo enmoqueta el apartamento. Terminada la faena, deja las llaves sobre el mueble del pasillo y da un portazo tras de si. No mira atrás. El piso se queda vacío y en silencio, sin más compañía que el murmullo de las olas contra el malecón y una copa manchada de vino sobre el lavabo.

LOST IN TRANSLATION

Paula Tabuyo

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14 Comentarios

  1. Yo que tengo una edad …..y muchas mudanzas encima!!!! Siento nostalgia al leerte.
    Me encanta.

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    • Muchas gracias Malenachik, es bonito leer comentarios sobre sentimientos compartidos. Un beso!

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